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La realidad compartida PDF Imprimir E-Mail

En bastantes ocasiones el uso habitual del lenguaje da lugar a muchos malentendidos, debido a que utilizamos el mismo término para referirnos a cosas distintas.

Esto sucede más aún cuando los conceptos utilizados poseen una cierta complejidad, como es el caso de la noción de realidad. Ciertamente, definir qué es la realidad no es una cuestión sencilla sino que ha sido un asunto controvertido y discutido en el ámbito filosófico desde hace siglos. A propósito de ello se han planteado diferentes enfoques, algunos totalmente contrapuestos a los otros. Podemos tratar de resumir los más destacados.

El primero que podríamos citar, no por orden de importancia ni de antigüedad, defiende que existe una realidad objetiva y que podemos llegar a acceder a ella mediante el uso apropiado de nuestros atributos mentales. Otros opinan lo contrario, como quienes postulan que, si bien es cierta la existencia de ese mundo real, éste queda lejos de nuestro alcance, ya que sólo podemos acceder a meras representaciones mentales del mismo.

Por último, hay quienes proponen que eso a lo que denominamos realidad no es más que una construcción de la propia mente del observador. Por tanto, el mundo que llamamos real no existiría en sí mismo como algo separado y aparte sino que es generado por la interacción entre la mente de un observador y el objeto observado.

He de aclarar que la finalidad del presente artículo no es profundizar en estos aspectos especulativos para decantarnos por una u otra teoría. Dejemos ese trabajo para quienes entienden de estas cosas, los filósofos y los físicos. Más bien, lo que me gustaría exponer es que la llamada realidad ni es algo tan objetivo ni algo tan sólido como les parece a la mayoría de las personas. Quedémonos con eso.

Sin embargo es frecuente que las personas crean que cada uno de ellos posee, sin más, no sólo el conocimiento directo sino también el acceso preciso a eso que llamamos realidad. Tanto es así, que suelen extrañarse de que otros no compartan su  misma visión del mundo, pues piensan que poseen la única perspectiva real de las cosas y, por consiguiente, todo aquello que difiera de esto ha de estar equivocado.

Pero a poco que reflexionemos, nos damos cuenta de que cada persona posee su peculiar realidad, a la que ha llegado en base a sus propias experiencias y al procesamiento que de dicha información realiza. De tal manera esto es así, que tratar de ponerse de acuerdo en qué es lo que significa verdaderamente la palabra realidad, puede resultar más complejo de lo que en un principio pudiera imaginarse.  

En el entrenamiento Sofrodynámico no entramos en discutir si existe por ahí afuera una realidad objetiva o no, lo cual puede ser muy importante pero no es el objeto de nuestro trabajo, sino que ponemos especial énfasis en el modo en el que somos capaces de elaborar esa “realidad construida” por nuestra propia mente que es, en definitiva, la que determina nuestra experiencia acerca de los estados de felicidad o sufrimiento.

Una vez dicho esto, me gustaría aportar otro matiz que considero importante, y es el siguiente. Si bien es cierto que cada uno de  nosotros posee su propia realidad, también lo es el hecho de que existe algo común entre todos aquellos que formamos parte de un mismo grupo o que compartimos principios culturales comunes; de manera que podríamos decir que en cada  momento histórico y para un grupo dado de personas, existe una misma realidad compartida.

La noción de realidad compartida es bastante más importante de lo que solemos tener en cuenta, ya que los mitos, las aspiraciones y los traumas que experimentamos, van a estar influidos y condicionados por este aspecto de realidad que compartimos con otras personas.

Así que podría decirse que la realidad compartida es el modo común que tienen de percibir las cosas aquellos sujetos que participan de los mismos paradigmas culturales y los mismos contextos históricos y sociales.

Hay pues un cierto grado de acuerdo no consciente entre grupos de personas gracias al cual llegan a definir lo que para ellos tienen de común el mundo. Cada individuo, por el hecho de nacer en un contexto histórico y cultural determinado introyectará desde su infancia ciertas “verdades” compartidas por el grupo, y esto tiene, como todo, ventajas e inconvenientes, de tal manera que cada uno de nosotros, de manera no consciente, llega a tomar como propios historias y creencias que, en definitiva, le vienen dadas. Existen, pues, en nuestra consciencia un tipo de contenidos que dependen del acervo colectivo y cultural en el que se haya desarrollado el sujeto, y que, de alguna forma, matizará la forma de concebir la realidad que tenga dicha persona.

Como estas descripciones comunes de la realidad suelen ser confirmadas por otros miembros del grupo, precisamente por aquellos con quienes compartimos ese tipo de contenidos, tenderán a reforzarse de manera natural, llegando así a pensar que, sin ningún lugar a dudas, son totalmente ciertas.

Una de las propiedades que presentan los diversos contenidos de la realidad compartida es que generan cohesión en el grupo. Por ejemplo, tener una realidad compartida muy fuerte es lo que da una potente ligazón entre sí a los miembros de una secta.

Para que se forme una consistente realidad compartida necesitamos que se coincida en parte en: El modelo del mundo, la perspectiva que utilizamos y compartir un mismo paradigma.

Pero no hemos de olvidar la individualidad de cada sujeto, sino seríamos clones mentales unos de otros, y esto no es así. Cada cual tiene la potencialidad de construir individualmente parte de su vida, aunque con frecuencia  podemos constatar ejemplos de personas pertenecientes a ciertos grupos que parecen vivir en un mundo tal que sólo se comprende si se pertenece a él. Como dichos sujetos suelen relacionarse entre sí más que con los que comparten otro tipo de realidad, en su diaria interacción se ven reforzados en sus creencias, a las que le atribuyen un carácter de verdad absoluta. Esta dinámica no sólo se da en las sectas, también en los partidos políticos, grupos religiosos, etc.

La falta de autocrítica, la dificultad de contrastar las creencias con las experiencias que las contradicen o la rigidez en los modelos mentales, son peligros reales que surgen en estos ámbitos.

Tener realidades compartidas es algo que nos permite funcionar apropiadamente en nuestra comunidad y operar adecuadamente en nuestra realidad objetiva. Pero, como he apuntado ya, nos hará más rígidos mentalmente y tendremos más dificultad para los cambios.

Para alguien que quiera crecer y desarrollarse, no hay nada tan útil como socavar sus propias creencias y preguntarse cómo ha llegado a creer lo que cree. Cuando realizamos dicha indagación, podemos comprender que eso que creíamos, la realidad compartida, no es más una construcción mental en la que hemos coincidido con otras personas, pero que para nada es algo sólido, inmutable, objetivo e incambiable. Descubrir esto, nos permitirá estar abierto a otras opciones y percibir los límites y dificultades que tiene cada una de ellas. Podremos darnos cuenta de qué funciona y qué no. A partir de ahí es cuando se abre para nosotros la posibilidad de cambiar y mejorar.

Este último enfoque es el que hemos de aplicar en nuestro proceso de desarrollo, ya que nos permite mucha más libertad interior, apertura y potencialidad de crecimiento.
 
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