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Enfoque sistémico y cibernético en Sofrodynamia PDF Imprimir E-Mail

Cuando nos referimos al ser humano aplicando los modelos de comprensión que habitualmente predominan en occidente, suele hacerse desde una visión de tipo analítico y fragmentada del mismo.

En el caso de las ciencias de la salud esto es algo evidente y manifiesto. No hay más que observar como toda la medicina convencional se encuentra estructurada en un conjunto de especialidades y subespecialidades, en las que el predominio del conocimiento de la parte y de lo propiamente específico contrasta, al mismo tiempo, con un desconocimiento manifiesto o con una deficiente falta de consideración del resto del organismo.

Por supuesto que no valoro como algo negativo la posibilidad de contar con especialidades muy concretas o con auténticos especialistas en determinadas materias, en las que, por cierto, muchos de ellos están perfectamente cualificados y son muy eficientes. Más bien, lo considero algo muy beneficioso.

Sin embargo, entiendo que la verdadera dificultad radica en la falta de conexión que existe entre unas especialidades y otras, y, sobre todo, la pérdida de la visión global del ser humano como una unidad completa, olvidando que somos un todo. Tal vez por eso, en el mundo de las ciencias de la salud, incluso ya en el siglo veintiuno, exista todavía una clara división entre lo somático y lo mental.

La mayoría de los médicos se ocupan de los trastornos del cuerpo, solamente los psiquiatras, por su lado, o los psicólogos, por el suyo, se ocupan de aquello más sutil y resbaladizo, la mente; pero estos últimos, psiquiatras y psicólogos, por lo general, suelen aparcar los aspectos corporales o somáticos, los cuales, con frecuencia, quedan excluidos de su ámbito de actuación.

Aunque nos parezca algo totalmente anacrónico, lo cierto es que la visión del ser humano en la medicina convencional se parece mucho más a un modelo tipo “Frankenstein” que a un ser global, como realmente somos.

El enfoque convencional respecto al ser humano podría decirse que considera a éste como una entidad compuesta, suma o conjunto de órganos independientes, con escasa relación entre ellos y que, además, tiene una mente, de la que, por supuesto, se ocupará otro especialista. Nada más loco y fuera de la realidad. Pero nos guste o no nos guste es lo que hay, al menos es el medio cultural occidental en el que habitamos.

A pesar de que la visión psicosomática del ser humano hace años que ya se conoce, sin embargo, no parece haber calado aún todo lo que debiera entre los diferentes profesionales de la salud, los cuales deberían ser los más interesados en conocerla y aplicarla.

Modernamente la visión psicosomática convencional se completa hoy día con lo que podríamos denominar enfoque somatopsíquico, es decir, no sólo se contempla la acción del componente mental sobre las estructuras corporales sino que se tiene en cuenta también la dirección contraria, es decir, las aferencias corporales que impactan sobre la esfera mental.

En definitiva, lo que estas nuevas visiones ponen de manifiesto es que el ser humano es y se comporta como un auténtico sistema, no como un conjunto de partes, con todo lo que ello implica.

Desde la aparición de la Teoría General de Sistemas propuesta por Luwdig Von Bertalanfy en 1950, la visión del mundo en general y del ser humano en particular, debiera haber cambiado, sobre todo, en lo concerniente al campo de la salud.

Sabemos que un sistema está integrado por un conjunto de elementos que mantienen una interrelación entre sí, es decir, aquello que afecta a uno de dichos elementos, de alguna manera, afecta también al todo.

Según la teoría sistémica, el todo es más que la mera suma de sus partes, ya que en el sistema  aparecen propiedades que no son explicables mediante el análisis de las partes, debido a que dichas propiedades no se encuentran contenidas en un elemento concreto sino que se deben a una característica muy especial de los sistemas, que es lo que se conoce como propiedades emergentes.

Hemos de tener en cuenta que las llamadas propiedades emergentes de los sistemas pueden ser de tipo estático y de tipo dinámico. Las propiedades emergentes estáticas son aquellas que dependen de la estructura del sistema, por tanto desaparecen o se modifican cuando la estructura de dicho sistema cambia. De igual manera, las propiedades emergentes dinámicas dependen, en su caso, de la función de dicho sistema, y estas propiedades desaparecen o se modifican cuando la dinámica del sistema varía, aun cuando éste mantenga la misma estructura.

Estos y otros conocimientos científicos deberían obligarnos a cambiar nuestras propias creencias acerca del funcionamiento del organismo humano, y, de alguna manera, debiera ayudar a replantear, dentro del campo de la salud, el carácter desfasado y no científico de algunos de sus planteamientos. 

Desde otra área diferente del saber científico, la cibernética, nos llegan también una serie de conocimientos que aplicados al ser humano parecen  ser determinantes.

Fue en 1948 cuando Norbert Wiener lanza al mundo su importante obra “Cibernética o El control y comunicación entre animales y máquinas”. A la luz de estos planteamientos podemos llegar a comprender como el ser humano es en realidad un sistema en el que el flujo comunicacional entre cada uno de sus diferentes constituyentes fundamenta la base de su existencia.

Por otro lado, desde el mundo de la física, conocemos también la Segunda Ley de la Termodinámica o Ley de la Entropía. Fue el físico Erwin Schödinger, creador también de la mecánica cuántica,  el que definió el término negantropía o entropía negativa, como aquella manera en la que los seres vivos compensan la tendencia natural al desorden, propuesta por la Segunda Ley de la Termodinámica, para mantener un orden estructurado compatible con los procesos vitales, necesitando para ello un gasto energético continuo.

Basándonos en las anteriores teorías científicas, consideramos en Sofrodynamia® que el ser humano es un Sistema de Bioinformación Negantrópico, y será desde esta compresión desde donde se estructure todo un entrenamiento que trata de ser coherente con este principio.

Todo sistema, además, existe en el Espacio Tetradimensional de Minkovsky, es decir, el ser humano como estructura física se desarrolla en el tiempo, y un tiempo que viene dado por la medida de su dinámica. El ser humano forma por tanto una unidad en lo espacial y en lo temporal, somos herederos de nuestra propia historia, tanto personal (biografía) como familiar, social y cultural, lo cual será un factor a tener en cuenta en todos aquellos procesos de desarrollo humano ya que determinaran nuestro punto de partida, y al mismo tiempo estarán relacionadas, también, con nuestros objetivos, metas y desenlaces.

La existencia de las propiedades emergentes de los sistemas complejos, como es el caso del ser humano, le confiere una característica esencial, la TRASCENDENCIA. Al referirme a éste término no estoy haciendo alusión alguna a ningún sistema de creencias religiosas sino que me refiero, exclusivamente, al significado etimológico de la palabra que es pasar una cosa de su ámbito más limitado o, como se desprende de la obra de  Kant, “traspasar los límites de la experiencia sensible”. El ser humano, por su propia naturaleza, es capaz de traspasar los límites de la experiencia sensible y va más allá de la estructura biológica que le sustenta en el camino de autoconocimiento que busca dar respuesta a las preguntas más radicales y profundas de su propia existencia.

Si consideramos a ese ser unitario, singular y trascendente, compuesto por diferentes elementos, podemos diferenciar:

1.- La dimensión Biológica o Física, compuesta por un cuerpo hecho de sustancia material, que desplaza un volumen y puede ser medido mediante procedimientos convencionales.

2.- El complejo Psicomental en el que nos encontramos aspectos volitivos, afectivos y cognitivos.

3.- La dimensión Energética, compuesta por todas aquellas energías diferentes que sustenta los procesos vitales y que no se dan en el cadáver.

4.- El fenómeno de nuestra respiración que, a modo de bisagra, conecta y articula cada uno de los diferentes elementos integrantes del sistema.

 

Cada uno de estos elementos está relacionado con los demás, como ocurre en cualquier sistema, y además se desarrolla en un contexto espacial, nuestro medio sociocultural y familiar, y en un tiempo determinado.

Cuando aplicamos el enfoque sistémico y cibernético al mundo de nuestras emociones, nos encontramos con unas características similares. Nuestro mundo emocional forma un subsistema dentro de un sistema global, el ser humano. Dicho subsistema goza, también, de las propiedades de los sistemas complejos y está, al mismo tiempo, conectado de manera interdependiente no sólo con cada uno de los elementos del complejo psicomental sino también con todos y cada uno de los demás elementos constituyentes del ser humano. Es por ello que podemos hablar con toda propiedad de la relación existente entre nuestras emociones con los pensamientos, las voliciones, el cuerpo físico así como con la dimensión energética o la respiración.


 

 
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