El mundo puede ser un
lugar maravilloso en el que poder disfrutar de experiencias gratificantes.
Desde luego tiene todo el potencial necesario para ello. Pero en último término,
quien asigna dicho calificativo o cualquier otro que queramos, es el propio
sujeto que lo contempla, es decir, nosotros mismos. Cada cual percibe el mundo
a través de su propia mirada y le atribuye diferentes significados a los
acontecimientos. Eso hace que un mismo suceso sea descrito de forma distinta
según quien lo cuente.
Por
tanto, más que decir si el mundo es un lugar maravilloso o no, habría que
preguntarse si cada uno de nosotros posee un modo de percibir las cosas que nos
permita encontrar la belleza y la perfección en cualquier clase de
acontecimientos que experimentamos, o por el contrario, suceda lo que suceda,
tenemos una cierta tendencia al pesimismo y a la visión gris y triste de la
vida.
De
hecho, y objetivamente hablando, el mundo es un lugar altamente inseguro en el
que ocurren hechos que no nos gustaría que hubiesen sucedido y en el que la ley
del más fuerte sigue vigente, a pesar de que en nuestras sociedades se
encuentre algo camuflada por medio de los convencionalismos sociales. No, ciertamente
no es un lugar tan acogedor y amable como algunos creen, pero, a pesar de esto,
sigue siendo maravilloso y fascinante.
Lo
que sí tenemos seguro es que en el mundo ocurren cosas de distinta naturaleza. A
unas de ellas, las que no nos gustan, las llamamos desagradables y tratamos de
evitarlas. Otras, en cambio, nos dan igual, es decir, son neutras y no nos
influyen demasiado ni en un sentidoni
en otro. Pero también suceden otros fenómenos que nos gustan, los etiquetamos
como agradables, y quisiéramos retenerlos y que no finalizasen nunca.
Sin
embargo, comprobamos como todo fluye, todo cambia y todo fenómeno es por
naturaleza impermanente. La vida no atiende a nuestros deseos y, con frecuencia,
aparece lo que no nos gusta y además se nos escapa lo que deseamos. ¿Qué hacer
ante esto?
La
mente ordinaria funciona con un número limitado de posibilidades de elección.
Por esta razón sufre. Se desespera porque, a pesar de sus esfuerzos, no
consigue evitar lo que no le gusta y por ello se frustra. Igualmente nos sentimos
decepcionados cuando percibimos lo efímero del placer y cómo los momentos
agradables pasan y se nos escapan entre los dedos.
Para
quien se encuentra inmerso en un proceso de desarrollo humano, ser consciente
de lo anterior y aprender a gestionarlo apropiadamente constituye una gran
ventaja para funcionar en el mundo. Según parece, el truco reside en no
aferrarse ni a lo uno ni a lo otro. La mente que no se aferra sufre menos y experimenta una mayor paz.
Pero
hemos de distinguir entre el no aferramiento que hemos mencionado y la
capacidad que tienen algunas personas de resistir situaciones adversas, de
levantarse cuando se caen y hacer frente a los acontecimientos cuando la vida
les golpea con experiencias dolorosas o traumáticas.
Los
seres humanos, en general, solemos ser más resistentes a las adversidades de lo
que cada uno estima inicialmente. Esta capacidad para recomponerse en
situaciones en las que otros se hunden se ha venido a llamar resiliencia. Lo
contrario de la resiliencia es la vulnerabilidad. Somos vulnerables cuando las
cosas nos afectan más de lo que debieran y, además, tenemos dificultades para
salir de esa situación.
Surge,
pues, la cuestión de saber si dicha resiliencia es algo innato que tienen unos
cuantos privilegiados o, por el
contrario, constituye un arte que puede ser aprendido y enseñado.
En
los últimos años la psicología positiva ha descubierto que, si bien existen
personas que son resilientes sin habérselo propuesto conscientemente, la
resiliencia puede ser aprendida y enseñada, y se han realizado numerosos
estudios que han profundizado en el conocimiento de aquellos factores que
ayudan a desarrollarla.
En
la vida podemos evitar ciertas circunstancias pero no podemos soñar con
evitarlas todas. Tarde o temprano habremos de experimentar eventos que nos
desagradan. La capacidad de la mente para no aferrarse a las experiencias es
uno de los factores que ayudan a desarrollar la resiliencia, pero no es el
único.
Según
parece, uno de los ingredientes imprescindibles para que un sujeto llegue a ser
resiliente es haber tenido relaciones parentales satisfactorias, es decir,
sentirse querido y aceptado por al menos una persona significativa. Con
frecuencia pueden ser los padres, pero también podrían ser otras personas del
entorno, abuelos, maestros, etc.
La
resiliencia no es una capacidad homogénea, es decir podemos saber afrontar muy
bien las dificultades en algunos aspectos de nuestra vida pero no hacerlo de la
misma forma en otros. También puede ser una capacidad colectiva, no sólo
individual, que permita que existan grupos y sociedades más resilientes que
otras.
Elementos
como la tolerancia, la esperanza, la facilidad para gestionar los cambios, la
atribución de sentidos encontrando un propósito en nuestra vida, etc. son ingredientes
necesarios para desarrollar la resiliencia.
He
de señalar que, al contrario de lo que les parece a algunos, la resiliencia es
una capacidad ordinaria del ser humano, no es extraordinaria ni sobrenatural, y
todos podemos desarrollarla.
Obviamente, lo mejor
para hacer frente al dolor es que este no llegue, pero si admitimos que en
algún momento de nuestra vida nos alcanzará, no estaría de más dedicar un
tiempo para aprender de qué modo somos capaces de volver a nuestro centro
cuando somos golpeados por los acontecimientos vitales y de qué forma es
posible seguir creciendo cuando utilizamos las adversidades de manera
apropiada.