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El anhelo del bienestar PDF Imprimir E-Mail
A pesar de las múltiples diferencias evidenciables entre todas las personas que habitan en el planeta, es posible descubrir algo en común en todas ellas, el deseo de querer vivir bien. Todos poseemos esa especie de anhelo que anima nuestros pensamientos y orienta nuestros actos hacia el bienestar. Por lo que conocemos, parece acertado pensar que esa tendencia a la búsqueda del bienestar ha existido  siempre en la humanidad. Esta inclinación colectiva constituye una aspiración legítima, a la vez que un deseo natural, que se encuentra profundamente arraigado y grabado en lo más íntimo de nuestro ser. Todos los seres humanos aspiramos a disfrutar de una buena vida, anhelamos vivir en paz y felices, y a eso lo llamamos bienestar.

Sin embargo, con frecuencia, la felicidad que deseamos se nos escapa y el sufrimiento que queremos evitar aparece en nuestras vidas.

Claro está que, eso que llamamos bienestar o, dicho de otro modo, vivir bien, es un concepto poco concreto, demasiado genérico y ambiguo como para que todos estemos de acuerdo en lo mismo. Para cada sujeto supone una cosa diferente.

Por eso, para unos será prioritario gozar de buena salud y dirigen toda su energía para conseguir esta meta. Para otros, lo principal será tener asegurado el futuro económico, disponer de suficientes bienes materiales y dinero en el banco como para hacer frente a cualquier tipo de imprevisto. Otros, harán más énfasis en ver felices y bien colocados a los hijos. Y así podríamos seguir detallando una interminable lista de lo que para cada persona se supone que es vivir bien.

Parece como si fuese difícil llegar a ponerse de acuerdo en algo sobre lo que cada uno de nosotros tiene su propia opinión. Y no es que sea fácil, pero seguro que algo podemos hacer. Posiblemente deberíamos comenzar sentando las bases de lo que sería un punto de partida sólido para entender perfectamente que es eso del bienestar.

Lo primero de todo es afirmar rotundamente que tanto el bienestar como la infelicidad son estados de la mente.

Asumir plenamente dicha afirmación, con todo lo que ello implica, traerá consecuencias muy importantes. La primera de todas es que si el bienestar y la infelicidad se tratan de estados mentales, las causas que originan tanto uno como otro, habrá que buscarlas en nuestra propia mente.

Es evidente que el conocimiento de nuestros procesos mentales, y la gestión apropiada de los mismos, constituyen unas de las herramientas más profundas y potentes para generar aquellos estados mentales de los que depende nuestra felicidad.

Lo que sucede en el mundo exterior puede potenciar o puede dificultar la consecución de dichos estados, pero en ningún caso han de ser determinante de los mismos a menos que nosotros se lo permitamos.

Sin embargo, la mayoría de las personas que conozco sostienen la creencia de que conseguir dicho bienestar es cuestión de suerte. Que unos la tienen y otros no. A mi juicio, atribuyen una importancia mayor de la que debería tener dicho factor, y se instituye la opinión común de que poco o nada podemos hacer al respecto. Si te toca te toca, y si no ha sido así, entonces tendrás que aguantar aquello que la vida te traiga; como si fuésemos meros sujetos pasivos que, más que vivir, somos arrastrados por las circunstancias o la fatalidad.

No obstante, en cada generación, solamente unos pocos son capaces de comprender la importancia del propio esfuerzo y del trabajo personal para conseguir las metas deseadas. Sólo ellos han vislumbrado la necesidad de ponerse manos a la obra para construir su destino y lograr sus objetivos, mientras que una gran parte de la población suele renunciar a llevar las riendas de su existencia y asisten pasivamente a su propio marchitar.

Con frecuencia, debido a mi profesión, soy testigo de revelaciones en las que me expresan un cierto vacío interior, una pérdida de sentido en la vida o una gran confusión respecto a qué hacer o cómo vivir. Todo ello genera malestar y sufrimiento, todo lo contrario a lo que la persona desea para sí.

Pretendemos una cosa y obtenemos otra. Aspiramos al bienestar y, por diversas razones, no lo obtenemos. ¿Qué diagnóstico realizar ante tal situación?

Pues, resumiendo escuetamente, podríamos hablar de la existencia en nuestro medio de una generalizada insatisfacción vital, posiblemente generada por una inadecuada gestión de nuestro potencial como seres humanos.

Parece claro que, en vista de los resultados, hay algo que no hacemos demasiado bien, ya que obtenemos lo contrario de lo que decimos que queremos, así que lo más lógico sería tratar de entender en qué consiste ese anhelado bienestar y estructurar estrategias que nos acerquen, en lugar de alejarnos, para conseguirlo. Eso puede ser una alternativa frente al desesperanzador panorama de quien se siente prisionero inerme de las fatales circunstancias.

Nuestra situación actual, tanto en el tiempo que nos ha tocado vivir, como en el hecho de pertenecer a un país del primer mundo, tiene sus ventajas y también, aunque no lo parezca, sus limitaciones, las cuales no han de ser pasadas por alto.

Poseemos la gran ventaja de acceder en my poco tiempo a informaciones que antaño estaban reservadas a una minoría selecta. Podemos estar informados, en tiempo real, de cualquier acontecimiento o suceso en el otro extremo del planeta. Poseemos una gran cantidad de medios tecnológicos que nos facilitan la vida, al tiempo que sanitariamente nos sentimos más protegidos y seguros que en ningún otro momento de la historia.

Los habitantes de los países desarrollados tenemos cubiertas nuestras necesidades básicas y, además, bastante más que eso. Diera la impresión que, con todo lo anterior, podríamos disponer de más tiempo y mayor cantidad de medios para cubrir nuestras necesidades vitales más importantes, las llamadas Necesidades de Desarrollo.

Hay muchas cosas positivas en nuestra vida actual pero, al parecer, al mismo tiempo, en nuestras sociedades modernas también existen trabas al crecimiento humano.

El arraigado consumismo en el que inconscientemente caemos porque se introduce solapadamente hasta lo más profundo de nuestra médula; la cultura del éxito fácil y rápido sin importar la repercusiones que traiga aparejada el conseguirlo; la aversión a todo lo que suponga esfuerzo y trabajo constante, premiando más el amiguismo o la concordancia ideológica que la valía o el mérito personal; así como la confusión ideológica aportada desde los aparatos propagandísticos de los partidos políticos de uno y otro signo, son obstáculos importantes y, en ocasiones, difíciles de percibir por la mayoría, ya que suelen disfrazarse de progresismo y de avance en las libertades.

Los hechos son claros. Vivimos mejor que en otras épocas y lugares, en cuanto a cantidad de medios disponibles, pero parece que no vivimos más felices.

Se han realizado diversos estudios intentando averiguar la correlación existente entre la riqueza material y la felicidad o el bienestar personal. Las conclusiones obtenidas, nos muestran cómo los niveles de felicidad de los habitantes de un país dependen de la renta de éste, cuando se correlacionan países desarrollados con países pobres. Y también nos revelan que en un mismo país pobre, el nivel de bienestar está en relación directa con la renta personal.

Pero una vez se han cubierto las necesidades básicas, la mayor acumulación de riqueza personal o el incremento de renta del país, no corre parejo con un aumento en los niveles de bienestar personal, sino que más bien parece lo contrario,  mientras más ricos somos en unos aspectos, los materiales, más pobres somos en otros.

Una muestra de que lo anterior es así, nos lo proporcionan las noticias que recibimos y los estudios que se realizan al respecto. Continuamente somos informados de la creciente crisis de valores en nuestra cultura, del ascenso del hastío, de la apatía y de la falta de ilusiones en sectores tan preocupantes como son nuestros jóvenes. Se ha hablado, por parte de prestigiosas personalidades, de la crisis de occidente.

¿Es posible hacer algo para paliar esta situación? Personalmente creo que bastante, y no hablo basándome en una creencia sin fundamento, sino con la certeza que me da la constatación personal de dicho fenómeno.

Así lo demuestran las personas que conozco que ya lo han hecho. En este caso no me refiero a honorables sabios del pasado o a grandes fundadores de movimientos religiosos o filosóficos. Tampoco son místicos encerrados en una ermita lejana en la cima de una montaña. Ellos son gente corriente, o no tan corriente, que van a sus trabajos, tienen sus familias y sus compromisos sociales, pero han buscado y encontrado un sentido nuevo en sus vidas. No se han dejado arrastrar por sus circunstancia familiares, ni por su biografía personal, ni por el ambiente social en contra. Han seguido su propia intuición y su propio camino, y seguirlo les ha llevado a experimentar el día a día de un modo creativo y diferente, potenciador es la palabra, a pesar de que en ocasiones la vida, como a todos, les traiga dificultades, trabas o sufrimiento.

Estas personas transforman lo limitado en potenciador, el estiércol de las situaciones humanas en combustible para su desarrollo, las dificultades del camino en retos creativos para avanzar mejor. Dicho de otro modo, transforman el plomo en oro, como si fuesen los verdaderos alquimistas del siglo XXI.

Pero al igual que el camino alquímico de antaño, las exigencias que ha de asumir aquel que pretenda ser feliz en su vida y alcanzar el bienestar anhelado, sin ser excesivas, se podría decir que no son demasiado populares, ya que implican decisión, esfuerzo y compromiso, y sabemos que, hoy día, eso, no está de moda.

El anhelo del bienestar puede quedarse en sólo eso, un deseo, una ilusión, o por el contrario llegar a ser el motor que te impulsará a transformar positivamente tu vida. La decisión es sólo tuya. Quienes hemos emprendido el camino, podemos afirmar que, más allá de las dificultades que puedas encontrar, hay pocas cosas que merezcan más la pena.
 
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